10 de abril de 2011

Como no podía dormir, escribí

En todas las historias familiares hay un algún conflicto con uno de los padres. Diría que en mi historia el antagonista varía según la época, el año, el humor y las ganas que tenga de hablar de tal o cual persona. Esta vez, prefiero hablar de mi mamá, de ella y con ella. Si la definiera con una palabra sería: cuadrada, algo un poco inconsecuente con su pasado pseudo – hippie y su actitud de eterna joven a sus 57 años. Aún así, es cuadrada, maniática del orden y extremadamente ordenada con sus finanzas, es más, si su vida tuviera sol, ese sería el dinero y no por ser codiciosa, sino por esa sensación de creer que siempre se va y que hay que saber utilizarlo sabiamente. Asumo que esto se debe a que a los 21 años tuvo que cuidar sola a un hijo, porque su padre había huido siguiendo a un gurú a Venezuela. Tuvo que madurar, aunque mejor encaja la palabra avejentarse, ser de treinta a los veinte. Mientras sus amigos de ese colegio gringo y caro que salió se iban de viaje por el mundo, ella cuidaba a mi hermano Andrés, un cabro chico loco e hiperquinético que con solo tres años ya se había arrancado de la casa y llamar a los pacos había sido necesario.

                Así, se forjó una actitud implacable ante las críticas por ser mamá soltera, ante esos agentes de la CNI que aparecieron en su casa buscando al amigo que tenía escondido, ante los miles de ladrones que tantas veces rondaron el patio gigante de la casa en Temuco. Era la imagen de la rudeza, que ella misma intensificaba con esa aptitud para contar cuentos que tantos años lleva practicando en su trabajo como Educadora de Párvulos. Ruda pero tierna, cuidando niños toda su vida y teniéndoles toda la paciencia del mundo, esa que ni se notaba en la casa cuando había olor a “fritanga”, como ella decía, o el fuego estaba apagado y la casa helada.
Ella era como la mujer maravilla, mantenía la casa sola mientras mi papá estaba sumido en una depresión terrible por la muerte de mi abuelo y ni pensaba en salir de la cama para buscar pega. Así estuvo años, con un síndrome bipolar hasta que mi mamá ya no aguantó más y lo echó de la casa, justo en ese periodo en que yo estaba enamoradísima de él, como a los cinco años. Por si fuera poco también murió mi otro abuelo, el tata, que vivía en la casa grande al lado de la nuestra. Sin darme cuenta, mi vida se vino abajo y ya no tenía figura paterna ni aquella que la reemplazaba. Un día me puse a llorar viendo un accidente en las noticias y solo atiné a decir que era porque “se murió el tata”, esto fue meses después del hecho. Recuerdo haber visto su ataúd sin problema y andar saltando feliz por el velatorio, al tiempo logré asimilar que había ocurrido. Entonces, mi mamá me llevó al psicólogo y solo me acuerdo que se llamaba Marisol, tenía un cuadro de Charlie Brown y me hacía dibujar mucho. Nunca recuperé esos dibujos.
Menos de un año después mis papás volvieron y vi la reconciliación en vivo, en el patio de mi casa, tal como vi esa pelea final antes de que se separaran tiempo atrás. Siempre me pareció raro, incluso ahora, esas parejas que no se besaban frente a sus hijos, como en las películas gringas. Mis papás no eran así, yo siempre vi todo, lo bueno y malo. La cosa es que mi papá volvió a la casa, pero comenzó a estudiar en Santiago y solo lo veía los fines de semana.
Nuevamente mi mamá llevaba la batuta en mi vida. Me peinaba en la mañana, muy mal por cierto, así que tuve que aprender a hacerme moños yo sola desde chica. Como trabaja de ocho a cinco, rara vez iba a mis actos del colegio. Admiraba a esas mamás que se pasaban la mañana entera armando disfraces, peinando a sus hijas, decorando y más encima llevaban galletas caseras, de esas bien difíciles de hacer. Eso fue lo único que siempre extrañé de la mía, eso de mamá casera que claramente era imposible que pasara. Ella era el hombre de la casa.
A los cinco ya me peinaba, a los diez cocinaba, a los trece me arreglaba la ropa y desde los dieciséis todas las anteriores, además de mantener la casa hasta que ella llegara. Yo le decía que faltaba en la cocina y me ponía a lavar la ropa antes de salir a carretear, incluso muchas veces no lo hice por el cansancio de andar de nana un sábado. Lo peor es que nadie me obligaba, pero tenía que tener el uniforme limpio para el lunes y era más fácil hacerlo yo que lograr que mi mamá lo recordara. El último año de esa rutina, ya iba a explotar. Además de hacer almuerzo, prender la estufa, lavar la loza y dejar limpia la casa, se me sumaban más horas de clase en el colegio, el preuniversitario y el gimnasio. Llegaba de clases a dormir media hora para luego irme a otras cuatro horas más de clases, las que odiaba por cierto. Le pedí a mi mamá que contratara a alguien que ayudara, pero no insistía de solo pensar que alguien desarmaría ese sistema que llevaba años perfeccionando. Podría haberme titulado de nana y con honores, ni que lo hubiera querido en todo caso.



Ahora ya no soy nana de nadie, mi mamá sigue maniática y mi papá enfermo, aunque toda la familia está un poco loca diría yo. Lo de mi papá está tan asumido que hasta bromeamos, cada vez que se enoja decimos “¿te tomaste las pastillas?” y el solo se ríe. A esta altura, es lo único que se puede hacer.

1 comentario:

Opine, o sólo tire mierda. Pero siempre procure hacerme reír.